Abstract
MIEDO, FEAR, MEDO, PEUR, СТРАХ, 恐惧
ADAPTACIÓN, ADAPTATION, ADAPTAÇÃO, АДАПТАЦИЯ, 适应
IMAGOLOGÍA, IMAGOLOGY, ИМАГОЛОГИЯ
IMAGOLOGÍA POLÍTICA, POLITICAL IMAGOLOGY, ПОЛИТИЧЕСКАЯ ИМАГОЛОГИЯ
TOMOGRAFÍA IMAGOLÓGICA, IMAGOLOGICAL TOMOGRAPHY, ИМАГОЛОГИЧЕСКАЯ ТОМОГРАФИЯ
SOCIOLOGÍA, SOCIOLOGY, СОЦИОЛОГИЯ
TOXICIDAD SOCIAL, SOCIAL TOXICITY
[…] Y cuando hay que migrar a otros lugares, lo ideal sería no tener que pasar por países como México, en donde todo lo terrible te puede pasar, y si hay que pasar por él porque no queda más remedio, entonces te encomiendas a todos los santos habidos y por haber, “para que te pase lo menos peor”, e inclusive así, encomendándote a todos los santos, te pasa, porque o te persiguen o te secuestran o te extorsionan o te amenazan o algo te hacen: ¡es la ley que impera en México, la “Ley de Herodes, en donde te chingas o te jodes”! […] La situación de México es desesperante, terrible: ¡medio millón de mexicanos sale huyendo de México cada año! ¿Que por qué huyen de su país? Huyen por todo [….] En México hay miedo, hay terror. A México lo han convertido en un país de sangre, en un país de muertos, en un país cementerio, en un país fosa-común, en un país morgue […] ¡Hasta los santos, hasta Dios, hasta la Virgen, se han ido de estos países de masacres, porque tienen miedo! ¿Cómo explicar entonces que países tan religiosos, tan creyentes, tan fanáticos, como México, sean masacrados inmisericordiosamente todos los días? Claro, Dios y la Virgen se fueron de México, porque también han tenido miedo, terror, de que les pueda pasar algo. ¿Qué a dónde se fueron Dios y la Virgen? No sé. Tal vez también se fueron a Estados Unidos tras el “sueño americano”, junto con los 500 mil mexicanos que cada año se van de espaldasmojadas, migrantes o indocumentos a Gringolandia para no morir desamparados y en la miseria en México […]
En los mamíferos superiores, cuyas expresiones faciales han evolucionado como sistemas de señales visuales, estos mensajes de alarma van acompañados de las características «caras de miedo». Estas reacciones, tanto en los animales jóvenes como en los adultos, indican que algo anda realmente mal. Los jóvenes avisan a sus padres; los adultos avisan a otros miembros de su grupo social […] La acción de llorar consiste en una tensión muscular acompañada de un enrojecimiento de la cabeza, de una humedad en los ojos, con apertura de la boca y distensión de los labios, y con una respiración exagerada y de espiraciones intensas […] (Morris, 1996: 126-127) […]
DIPLOMADO EN IMAGOLOGÍA EMPRESARIAL
¿De qué depende la calidad empresarial?
Diapositiva 93
Estados Unidos de América ruanofaxas@gmail.com
HABLAR SIN MIEDO: ¿UNA CUESTIÓN DE ESTILO?
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Terremoto de Chile de 1960, intensidad: 9.5. Imagen tomada de http://1.bp.blogspot.com/_gehdFqJsYrg/TBDewe-Nj2I/AAAAAAAAAAk/_rF7xijTe74/s1600/san-francisco-terremoto_thumb%5B5%5D.jpg
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[…] Esoterismo, religión, astrología, magia, brujería, ocultismo, alquimia…, son temas que gustan mucho en América Latina, en especial entre los jóvenes y los niños. Es parte de nuestra herencia… ¿Acaso se puede ser un niño latino o un niño occidental o un niño de cualquier lugar del mundo sin los cuentos de magos, demonios, hadas, brujas, “merlines y morganas”, ogros, demonios, dragones, duendes, monstruos, fantasmas, gigantes, enanos y gnomos…? ¿Sin Nennius y Geoffrey de Monmouth –El Rey Arturo, y aquí los personajes de Merlín y Morgana–, Perrault, los Hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, José Martí, Lewis Carrol, Jonathan Swift, Howard Pyle y ahora Joanne Kathleen Rowling y William Steig, se puede ser un niño “normal” en el mundo occidental? ¿Cómo ser un niño normal sin magia, sin hadas, sin fantasmas, sin gnomos, sin brujería y sin alquimia? ¿En este mundo tan complejo y diverso, tan lleno de conflictos de todo tipo, pero principalmente bélicos, saturado de frustraciones y esperanzas, qué ser humano “normal”, que niño “normal”, no ha tenido en su infancia, en su adolescencia, y en algunas culturas hasta en la juventud y en la vejez, su mundo de El laberinto del fauno?[47] ¡Y todos esos libros como se venden! ¡Y todas estas películas como se ven: una y otra vez, una y otra vez…, y otra vez más, por si quedaron dudas, detalles…! Lees el libro…, ves la película…, aquel primer y viejo libro…, aquella primera y vieja película…, y luego las nuevas versiones literarias, las adaptaciones nuevas, los remakes con todos los adelantos de la cinematografía…, y lo haces de chico, pero después lo vuelves a hacer, ya de adulto, cuando aparecen los hijos, los pequeñitos de la familia… Y aparece aquí el gusto, y la nostalgia, y se mezclan los dos, y se sabe porque hasta puede aparecer por ahí una lágrima confundida, un suspiro delatador de los múltiples maravillosos recuerdos… ¡Qué triste debe ser que en la biblioteca de una casa no estén esos libros! ¡Qué triste debe ser que en la videoteca de un niño no estén esas películas! ¡Qué triste debe ser que los niños del mundo moderno no puedan leer esos libros y ver esas películas! […]Ya aquí, en estos momentos, tenemos que hablar de la participación de las mujeres en la alquimia. Esta participación es más grande que lo que cualquiera pudiera pensar. Y no me refiero a las llamadas “brujas”, tema extenso, complejo, triste, degradante, repugnante, porque aquí está la sangrienta mano de la Iglesia, del Cristianismo, del Catolicismo, del Vaticano, de los curas o sacerdotes, de todos esos fanáticos que han llevado a este mundo al estado de multi deterioro en que está hoy ( http://es.wikipedia.org/wiki/Bruja , http://en.wikipedia.org/wiki/Witchcraft ) con su “caza de brujas” o “cacería de brujas” ( http://es.wikipedia.org/wiki/Caza_de_brujas , http://en.wikipedia.org/wiki/Witch-hunt ) […] entre 1560 y 1760 en Europa se asesinaron a más de 100 mil mujeres “por brujas”, la mayoría de las cuales no era otra cosa que magníficas químicas, farmacólogas, médicos, alquimistas, inventoras, innovadoras… ¿Y quién lidereó estos asesinatos y persecuciones? ¡El “episodio” y los “autores”, o más bien “fanáticos asesinos”, ya se conocen…! ¡Qué bueno que los “autores o fanáticos asesinos” no le pudieron echar mano a la polaca Marie Curie, dos veces Premio Nobel! ¿Se imaginan…?, ¡la habrían quemado por alquimista, por bruja! […] La habrían matado, como han matado a tantos otros, a hombres y mujeres, a niños y ancianos […] A Sor Juana Inés de la Cruz, esa célebre mujer de las letras y las ciencias, la mató el mismo catolicismo, el mismo cristianismo, que también asesinó a la brillante científica griega Hipatia o Hypatia: http://knol.google.com/k/fernando-antonio-ruano-faxas/cu%C3%A1ndo-y-qui%C3%A9nes-destruyeron-la-inmensa/19j6x763f3uf8/121# […]Como todos sabemos, el festejo de Halloween es prácticamente masivo en muchos países y culturas, aunque la mayoría de las personas no tenga ni idea de qué es lo que en realidad se festeja y cómo fueron aquellos primeros tiempos de Halloween ( http://es.wikipedia.org/wiki/Halloween , http://en.wikipedia.org/wiki/Halloween ).
Es muy interesante analizar la vida de las mujeres alquimistas. Fueron muchas, cientos. Pero siempre hay alguien “más importante en todo”. Y aquí aparece la primer mujer alquimista de la historia, María la Judía, a la que se le conoce también como “La Eva de la Alquimia”. ¡Tremenda mujer! Y también qué bueno que nació en Alejandría, para el siglo II d.C., de Nuestra Era. ¡De lo que se salvó! De lo contrario, ¡también la habrían quemado por alquimista, por bruja!
Muchos frailes también fueron alquimistas; muchos de ellos lo fueron a escondidas, y gracias a sus trabajos se conocieron, entre otras muchas cosas, los alcoholes que ayudaban a extraer la “quintaesencia” de las plantas, ese quinto elemento que se suponía existía en todos los cuerpos, lo que se podía aplicar en múltiples fórmulas y para muchos efectos. Los alquimistas, perseguidos y relegados, aislados, sin autoridad científica, desaparecieron ya en el siglo XIX […] ¡Hasta Hernán Cortés practicaba la magia y las artes sobrenaturales –o por lo menos así lo hacía entender–! (Todorov, 1999: 120-121); ¡Hasta Mahoma –según los mahometanos, islamistas o musulmanes– fue embrujado! […]
Miedo. Veamos lo que al respecto nos dice Ostrosky-Solís:
A través de los años las personas adquieren un gran repertorio de habilidades para enfrentarse a situaciones que les provocan miedo y temor. Intentamos aplacar a un jefe enojado y huimos cuando somos perseguidos por un asaltante. Sin embargo, algunos individuos se sobresaltarían en circunstancias que otros considerarían como angustiantes. El miedo al ridículo puede causar en algunas personas un temor incontrolable, casi pánico, cuando se les pide que hablen en público. Algunos temen tanto a los extraños que prefieren quedarse encerrados en sus casas, incapaces de salir a la calle o de trabajar. ¿Cómo se generan estos miedos excesivos?
Las neurociencias han investigado los procesos cerebrales que regulan el miedo […]
El miedo es un sistema ancestral de alarma que ayuda a prevenir y evitar los peligros. Es una reacción natural presente en todos los animales; un mecanismo defensivo y de supervivencia que se genera en situaciones que ponen en peligro su vida. La angustia y el miedo constituyen mecanismos de alerta que anuncian los peligros y permiten al ser humano tomar medidas para protegerse de ellos. Así, por ejemplo, cuando una persona se enfrenta a una amenaza desarrolla una sensación que lo prepara para alejarse de la fuente del miedo o bien para atacar, defenderse y luchar. Aparecen entonces algunos síntomas fisiológicos asociados. El miedo puede generar frustración y conductas agresivas, en especial cuando no podemos reaccionar. Además, fisiológicamente, las zonas cerebrales que intervienen en estas conductas se encuentran interconectadas de forma estrecha.
La sensación de luchar, huir y proteger se relaciona con una zona en el cerebro que es la amígdala […] La amígdala es un generador central de estados mentales que evolucionaron para ayudar a sobrevivir en condiciones amenazantes. Si se estimula una parte de la amígdala tenemos reacciones de miedo, sensación de pánico combinado con huida; si se estimula otra zona se siente tranquilidad; con otra diferente sentimos ira. Si no podemos huir, se extiende la sensación temerosa y se desencadena el enojo y la necesidad de atacar [analicemos, por ejemplo, las imágenes verbo-corporales de algunos funcionarios y presidentes latinoamericanos y veremos claramente estas características que, en ciertos casos, reflejan verdaderos miedos que van más allá del límite de lo razonable en una cultura “supuestamente” civilizada y “supuestamente” culta e instruida. Estos miedos irracionales presentan rasgos de verdaderas fobias, de verdaderos traumas sicopáticos y sociopáticos, aparte de la irrespetuosidad hacia las personas y los grupos y la carencia de los más elementales protocolos de socialización en situaciones de civilización].
Ciertos temores vienen impresos en nuestra herencia biológica (genética). Existen miedos primordiales innatos, es decir, no son aprendidos, por ejemplo el miedo a ciertos animales como serpientes, arañas y roedores. Los objetos o fobias más comunes están asociados con aquellos sucesos y objetos capaces de producirnos daño y ante los cuales nuestros antepasados aprendieron a reaccionar […] (Ostrosky-Solís, 2000: 198-200).
Los miedos se clasifican, entre otras cosas, según las culturas y según la edad (Ostrosky-Solís, 2000: 201-202). Existe una estrecha conexión entre el temor genético, no adquirido, no aprendido, a ciertos animales dañinos, alimañas, seres míticos o fabulosos, cosas, fenómenos y procesos, según los contextos sociales, y el temor social, adquirido, aprendido, a ciertos individuos y seres tipo endriago que por su físico o sus actos son asociados a ciertas imágenes fabulosas, míticas, animales dañinos, alimañas, cosas, fenómenos y procesos no gratos, no deseados. Por esto, es normal que las personas, al recordar o ver determinadas “imágenes humanas”, sientan repulsión y temor ante individuos que son nombrados con tales denominaciones como: hiena, perro, gato, gorila, buitre, pantera, tiburón, oso, lobo, zorro, rata, comadreja, depredador, monstruo, ogro, diablo, engendro, etc. Imaginemos el temor, el terror, que se puede producir en una persona o en un grupo cuando, después de siglos de considerar a algo o a alguien como “malo”, de repente tiene que enfrentarse a una tal realidad… Imaginemos entonces el miedo que tienen los grupos perseguidos por sus ideales, por sus religiones, por sus creencias, por sus razas, por sus preferencias sexuales, etc. Imaginemos el miedo de un niño ante unos padres a los que se les llama “monstruos”; de los padres a que sus hijos sean raptados o violados en las escuelas y centros religiosos; de las esposos o esposas ante la pareja que es vista y sentida como una “aberración humana”; de los alumnos ante maestros y directivos educativos con denominaciones similares; de los creyentes ante un dios iracundo y vengativo; de los individuos ante ciertos dioses, deidades, baales, diablos, monstruos, chamanes, brujos, vudúes e imágenes religiosas que inspiran temor; de los ciudadanos ante autoridades corruptas y delincuentes; de los perseguidos por la Inquisición; de los que se encuentran en situaciones de guerras; de los que se encuentran en situaciones de desastres naturales; de los marineros y pescadores y sus familias; de los individuos que se ven obligados a vivir en países y culturas diferentes, desconocidas; de los participantes en programas televisivos que se ven en la necesidad, por el motivo que sea pero generalmente para ganarse unos centavos, de tocar, con los ojos vendados o no, animales, bichos, cosas desagradables, e inclusive comerlas y beberlas; de los trabajadores en empresas e instituciones con funcionarios déspotas y corruptos; de los gobiernos y gabinetes salientes que creen –con todo fundamento, por supuesto– que serán perseguidos y enjuiciados por los gobiernos y gabinetes entrantes; de los niños ante la oscuridad; de los que temen perder a la persona amada; de los celosos; de los niños que confían en determinadas personas, guías religiosos y sacerdotes y son violados sexualmente […] El misoneísmo es el miedo a lo relacionado con lo nuevo, con las novedades, con los cambios; es la tendencia del individuo a perpetuar el comportamiento ya admitido por el grupo social a que pertenece. Especialmente en las sociedades más tradicionales, el misoneísmo expresa el temor a la ruptura de un equilibrio frágil y difícilmente conseguido. La oposición a todo lo que es nuevo está integrada no sólo por la reacción del sujeto ante las fuerzas exteriores, sino también por el ritmo de su propia actividad mental, que tiende a adoptar cierta constancia en sus convicciones. Se le conoce con otros nombres: neofobia, cainofobia, cainotofobia, kainofobia, centofobia, cenofobia, etc. […]
Veamos ahora por qué la inmensa mayoría de la gente le tiene miedo, le tiene terror, a los estereotipos, a que los estereotipen con las imágenes negativas según los contextos, aunque todos estereotipemos, aunque todos, de alguna manera, estereotipamos.
Estereotipo. Ya me he referido en este mismo libro a los estereotipos y sus funciones en la comunicación humana. Estereotipo es una palabra que ha pasado a las ciencias sociales, a las ciencias humanísticas y al uso popular a partir de la imprenta. “Estereotipo es el término que usamos para describir la imagen mental, las reacciones emocionales y la conducta que manifestamos cuando clasificamos de acuerdo con el tipo general más que atendiendo a las características específicas manifestadas por un ejemplar individual de este tipo” (Ellis y McClintock, 1993). Existen muchos tipos de estereotipos (Bourhis y Leyens, 1996): hay estereotipos positivos y estereotipos negativos, según los estereotipadores y los estereotipados; hay estereotipos universales o generales y estereotipos regionales o locales, según las diferentes áreas geográficas de nuestro amplio mundo y los tiempos o modas. Así, por ejemplo, un estereotipo universal puede ser “el diablo es malo, con cola, con cuernos, con tridente…”, “La virgen es bella e inmaculada…”, “Los curas son buenos y no hacen daño…”, “La delgadez es un signo de belleza…”, etc.; y estereotipos regionales pueden ser los estereotipos que aparecen dentro de una comunidad, dentro de un país, y dentro de esos países en sus regiones, estados, provincias, etnias, en donde un grupo puede estereotipar a otro grupo como malo, bueno, tonto, estúpido, inteligente, bandido, feo, bonito, gordo, flaco, celulítico, obeso, raquítico, escuálido, rústico, incivil, bárbaro, corrupto, ladrón, criminal, contrabandista, lépero, “pelado”, fresa o nice o bitongo o “muy muy”, traidor, leal, ateo, fanático, tacaño, dadivoso, borracho, abstemio, etc., y a su vez también puede ser estereotipado como lo mismo o por otras cuestiones semejantes o distintas, etc. Es muy fácil estereotipar a través de la comunicación dialogada, frente a frente, en persona, en la comunicación in situ, porque ahí se valora la imagen física, los gestos, los protocolos, las etiquetas, y también las palabras, en sus respectivos discursos dialectales, ya sean geográficos, sociales, especializados, etc., y en los cinco planos de tratamiento de la lengua: 1. Léxico, 2. Semántico, 3. Fonético y fonológico, 4. Morfológico y 5. Sintáctico. Es decir que ahí, en esa comunicación in situ, frente a frente, se valora absolutamente todo; pero es difícil estereotipar cuando sólo valoramos a través de la lengua escrita, de la literatura, por muy variadas razones (Ruano, 2003c; Ruano, 2003d; Ruano 2003e; Ruano, 2005b; Ruano, 2008a). En el tratamiento de los grupos sociales, de los seres humanos, de las relaciones sociales, se considera que el estereotipo es un modelo, es una imagen, que se tiene de manera muy simple, rápida y funcional para valorar las figuras humanas y sus particularidades, las conductas verbo-corporales, los protocolos, las cualidades, los hábitos, las habilidades, las tradiciones, la ideología, las mañas, etc., de las demás personas, de los grupos sociales, en especial de los esquemas arquetípicos, o lo que es lo mismo de los “modelos arquetípicos” a partir de los cuales sacamos ciertas conclusiones para valorar a la inmensa variedad de personas con las que nos relacionamos en nuestros diferentes mundos o contextos o en el mundo o contexto globalizado, ya sea al nivel de la esfera pública, de la esfera laboral o la esfera íntima o familiar –recordemos aquí, por ejemplo, hasta dónde puede llegar el concepto de familia en sociedades migrantes, como es el caso de México, Cuba, Rusia, China, India, España, Italia, los judíos, los árabes, los africanos, etc., que están presentes en prácticamente todo el Orbe, y que adoptan o pueden adoptar nacionalidades, idiomas, tradiciones, religiones, gastronomías, folclores, etc., de los países y grupos de llegada pero “siguen siendo familia en contacto”–. La importancia de los estereotipos es tremenda, tanto al nivel de las supuestas sociedades o grupos desarrollados, civilizados, como al nivel de los grupos tercermundistas, cuartomundistas, en estado de barbarie y presocialidad. Con frecuencia se ha considerado que el uso de las palabras “estereotipar”, “estereotipismo” y “estereotipo” en cuestiones de tratamientos sociales y su aplicación en la práctica relacional es negativo, que no es bueno, porque son clichés que pueden denotar problemas en el sistema de valores, de clase, de sociocentrismo o etnocentrismo, de sexocentrismo o generocentrismo, de discriminación, de racismo, de escisionismo, tensiones sociales, conflictos sociales, especialismo, etc.; pero recordemos que gracias a los modelos imagológicos verbales y no verbales que de manera funcional vamos creando en nuestra mente, debido a nuestra experiencia y a todo el proceso cognitivo, es decir gracias a los “estereotipos imagológicos”, es que podemos reaccionar en cuestión de fracciones de segundos para así poder clasificar las señales como buenas o malas, como positivas o negativas, como pertinentes o no pertinentes según los contextos situacionales, y entonces acercarnos o alejarnos de los contextos, de las personas, de los animales, de las cosas, de los fenómenos meteorológicos, etc., que, según nuestra experiencia, constituyen una amenaza o un peligro para nosotros, los nuestros y nuestros entornos, que son de una manera u otra “tóxicos”, incluyendo aquí a los llamados “grupos sociales tóxicos” y “personas tóxicas”, o, por el contrario, no constituyen una amenaza o peligro para nosotros, los nuestros y nuestros entornos. ¿Cómo podríamos resolver adecuadamente estas situaciones, que en una buena cantidad de casos son de vida o muerte, que deben resolverse en fracciones de segundos porque del tiempo de reacción depende que nos salvemos o que muramos, si no es gracias a los estereotipos? Justamente por eso es que los estereotipos son trascendentalmente importantes en nuestras vidas, en nuestras relaciones. Como he dicho ya en mi curso Movilizar las energías de todos para triunfar: “Lo que parece pato, es pato; y si encima de eso “parpa”, “grazna”, entonces no me cabe la menor duda de que es un pato”. ¿A usted sí le cabría la duda…? Lo mismo hace todo el mundo, todo el mundo utiliza los estereotipos… ¿Por qué? Muy sencillo, porque los estereotipos no solamente identifican y clasifican a las personas, a los grupos humanos, a los animales y cosas que nos rodean, sino que también se relacionan con la “percepción” –y en especial con la “percepción subliminal”, cuando están presentes estímulos pasajeros, breves, sutiles, prácticamente imperceptibles, pero receptados por los órganos sensoriales y sus delicados y complejos mecanismos. Captamos muchas señales en el nivel consciente; pero en el nivel subconsciente captamos muchas más. Claro que no sabemos todavía, exactamente, cómo se producen detalladamente estas captaciones al nivel de los humanos, y todavía menos sabemos acerca de cómo se producen estas captaciones de señales y cómo se decodifican en los tan variados grupos humanos que habitan el Planeta (Dixon, 1971; Radford, 1983; Gregg, 1986; Coleman, 1987. También tenemos que tomar en cuenta la “intensidad”, que es variada por supuesto, con la que los receptores de las señales o estímulos los captan) y considerando la presencia de unas 9 inteligencias entre los humanos; aunque hay que destacar que los adelantos multidisciplinarios e interdisciplinarios que se registran en nuestros días acerca de la cognición animal en general y de la cognición humana en particular, es decir “la facultad de los seres de procesar información a partir de la percepción, el conocimiento adquirido y las características subjetivas que permiten valorar y considerar ciertos aspectos en detrimento de otros”, son en extremo alentadores (Cole y otros, 2002)–, con los “instintos”, con la “conducta instintiva” –acerca de lo que he hablado más arriba–, con los instintos gracias a los cuales clasificamos, rotulamos, etiquetamos absolutamente todo lo que aparece en nuestros diferentes contextos comunicativos, con todo y el complejo mecanismo fisiológico-psicológico-sociológico que interviene en el tratamiento y la interpretación de las imágenes y las señales (Martine, 2003). Los estereotipos son, además, parte central del “discurso verbo-corporal de sentido común”, en donde desempeñan una función táctica, una función de estrategia discursiva. Los estereotipos y su tratamiento personalizado, es decir su tratamiento por cada individuo en concreto, lo que se llama “construcción” o “interpretación personal”, serán mucho más sofisticados, complejos, acabados y certeros en la medida en que la persona que estereotipa tenga una mayor experiencia del mundo o contexto en el que se desarrolla, así como una mayor y más sofisticada cultura integral, y especifico aquí que me refiero a una “cultura de verdad”, a una “educación de verdad”, a una “formación de verdad”, y no a “educaciones devaluadas, patitos o chafas o MMC –“Mientras Me Caso”–”, que por cierto abundan mucho y están a la orden del día: basta echarle una mirada superficial a la mayoría de los que dirigen este mundo, a la mayoría de los que dirigen nuestra América. Todos estereotipamos, un poco más o un poco menos, más tarde o más temprano, con respecto a unas cosas o con respecto a otras cosas…; lo que sucede aquí es que estereotipamos “según nos haya ido en la feria”, como se dice en México, y en este sentido la gran desventaja de estereotipar, la parte mala de estereotipar, la tienen los grupos humanos más prejuiciados, más frustrados, sin equidad, más atrasados, más rudimentarios, más presociales, con mayor marca de fanatismo y barbarie…
[…] El concepto de estereotipo y el acto de estereotipar están relacionados con muchos otros conceptos e inclusive con ciertos procesos biológico-psicológicos que están presentes en el cuerpo humano, y todo esto se enfoca de muy diversas maneras, incluyendo aquí la “manipulación”, el “desconocimiento”, la “falta de preparación multidisciplinaria e interdisciplinaria”, el “tercermundismo cultural”, etc., que son más que evidentes en muchas regiones del mundo, en muchos colegios, escuelas, institutos, universidades, centros de investigación, etc., que son más que evidentes en muchos “supuestos especialistas” en las tan variadas ciencias sociales, en las ciencias humanísticas, en la psicología, en la psiquiatría, en la sociología, en la politología, en los estudios interculturales, etc.
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Las conquistas siempre traen consigo los contactos diversos, y entre esos contactos están las relaciones entre individuos de diferentes razas, y de ahí el mestizaje o los mestizajes, las imagologías de “los buenos” y de “los malos”. Pero cómo se consideran esos mestizajes humanos. ¿Nos queda claro quiénes somos los humanos justamente debido a esos mestizajes? ¿Y nuestros orígenes? Al respecto hay de todo. Gracias a las “investigaciones científicas” hoy sabemos quiénes somos (Ruano, 2003a), aunque todavía hay mucho que hacer en este sentido. Nuestros verdaderos orígenes, con certeza científica, se conocieron hace muy poco. Desde el siglo XIX se difundieron muchas teorías acerca de los orígenes de la Humanidad, y en este caso concreto del hombre de América, y a principios del siglo XX las cosas al respecto quedaron bastante claras (González, 1988). ¿Pero en la masa del pueblo quién sabe quiénes somos? ¡En América –al igual que en la mayoría del planeta–, prácticamente nadie, salvo las élites realmente ilustradas, una mínima cantidad! ¿Amnesia? No, más bien falta de cultura, de instrucción, de conciencia histórica; y de exceso de la fantasía populachera y la permanencia de la ignorancia de la humanidad primitiva. Vamos a la primaria, a la secundaria, al bachillerato, a la universidad y a los postgrados… ¡Y seguimos en las mismas! ¡No sabemos quiénes somos, ni por fuera ni por dentro! ¿¡Qué eso no importa mucho!? Bueno, creo que sí importa, y mucho, si consideramos que hay que enfrentar el presente, este presente tan competitivo, y pronosticar y planear el futuro, para nosotros, para nuestras familias, y para nuestros pueblos. Pero, además, hay que interpretar racionalmente el pasado. Si no conocemos nuestras raíces, nuestros pasados, nuestras herencias, nuestros cuerpos por fuera y por dentro, con sinceridad, sin traumas, sin tapujos y mentiras, sin mitos, sin mitoides y sin mitotes, entonces, desgraciadamente y a causa de ese desconocimiento, vamos a enfrentar nuestros presentes con mucho trabajo, con miedos, dando tumbos, con inexperiencias e inseguridades, con desconciertos, sorpresas desagradables y lamentaciones, con muchos errores sociales y biológicos que se pudieron prevenir para no lamentar, y todo eso se reflejará en nuestros futuros, en nuestros descendientes, si es que llegamos vivos a esos “futuros” […] No podemos analizar la vida de los pueblos de América –de la misma manera que la vida de todos los demás pueblos del mundo– sin considerar los mitos y los mitoides. Tampoco podemos analizar la vida de los pueblos que conquistaron América sin sus herencias míticas y mitoideas. ¡Hasta los pueblos que han vivido y viven aún el socialismo y el comunismo han tenido y tienen sus mitos y sus mitoides, “mitos y mitoides socialistas y comunistas”, pero mitos y mitoides al fin! En el caso concreto de los pueblos americanos, los mitos se relacionan con las tres razas que han conformado el mestizaje americano, es decir indios, blancos y negros. Tanto en el pasado como en el presente, por muy variadas razones pero en especial debido a la pobreza, a la incultura, al atraso y al analfabetismo, los mitos y mitoides están estrechamente relacionados con nuestras vidas, al nivel de los grupos más pobres pero también al nivel de los grupos más ricos. En América ser un “universitario” no quiere decir automáticamente “estar liberado de los mitos y los mitoides”. La realidad demuestra todo lo contrario: los mitos y los mitoides americanos, en sus cuatro contextos particulares: indio, blanco, negro y mestizo, nos han marcado y nos siguen marcando fuertemente. Para que exista un “mito” debe haber un ámbito cultural dentro del que pueda existir. Y un ámbito cultural se trata de un lugar común, es un todo complejo dentro del cual la mayoría de sus partes están estrechamente relacionadas. Según ciertos pensadores, un ámbito cultural permite la existencia de mitos cuando sus elementos humanos los viven, creen ingenuamente en ellos, les confieren carácter sagrado, y consideran a todo aquel que no cree en ellos como un réprobo peligroso para el conglomerado social que debe, por eso, ser eliminado. Para que haya mito –afirman– debe haber categorías míticas, maneras universales y necesarias de aprehender la realidad, debe existir un espacio mítico, un tiempo mítico, sustancias míticas, causalidad mítica. Si no funcionan estas categorías de manera espontánea y supraindividual, no puede constituirse el mito, no puede vivirse. Pero nada de esto hay ahora en nuestro mundo moderno. Aunque pueden encontrarse rezagos de categorías míticas, ya no funcionan de manera universal y necesaria. Algunos opinan que estamos demasiado sumidos en el espacio, el tiempo, las sustancias, la causalidad de la moderna ciencia físico-matemática para que podamos creer en mitos como creían nuestros antepasados. Estaríamos demasiados sofisticados por el entrenamiento lógico que algunos recibimos desde nuestra infancia para poder vivir en el ámbito mítico. Según ciertas ideas, nadie hoy día, por lo menos en las partes del planeta que pomposamente llamamos “civilizadas” (que no son sino las que han sido absorbidas por esa gigantesca y devoradora ameba cultural que es el Occidente) está dispuesto a creer que los dioses, los hombres y las cosas se transforman unos en otros, nadie siente que vive en contacto permanente con poderes sobrehumanos. Este mundo nuestro está desacralizado. Siguiendo este razonamiento, no puede hablarse, pues, de “mitos” si se quiere hablar con cierta propiedad. Pero en cambio podría hablarse de “mitoides”, ya que una serie de ideas y creencias puede presentar según de donde se las observe un conjunto de notas comunes con el concepto de mito. Se aceptan, como los mitos, con total ingenuidad, sin ningún análisis crítico sobre la verdad o su significado. Se considera que quienes las realizan son peligrosos para el conglomerado social. Este sentimiento de odio contra el disidente no es, en general, tan intenso ni tan universal como se cree que ocurre en las culturas míticas, pero a veces presenta una desconcertante violencia y abarca grandes porciones de la colectividad. Se tiene, además, como en el caso de los mitos, la convicción de que esas ideas y creencias, o las entidades a las que se refieren, son eternas, intangibles, pilares fundamentales y absolutos de la vida social. Pero, sobre todas las supuestas coincidencias hay una que es, en nuestro concepto, la más importante: cumple una función de jerarquización y aglutinación social […] puede decirse que el mito es la invención fundamental del hombre primitivo […] para pasar de la pura horda prehumana a la sociedad humana. El animal puede aglutinarse por instinto, pero cuando se pasa de la animalidad al lenguaje y a la razón, la cohesión social se ve amenazada por la capacidad de todo hombre de tener proyectos propios y de estar dispuesto a luchar para realizarlos […] El estado es fundamento cuasi mitológico del poder. Es un perfecto “mitoide”. Hay un momento en la historia en que algunos hombres se dan cuenta de que poseen una facultad capaz de analizar críticamente y sin límites todos los valores, todas las creencias que sobre un fundamento mítico imperan en la mente de sus semejantes. Esta facultad se llama razón y permite a quien la usa no sólo llegar por sí mismo a una verdad sin la ayuda de ningún poder trascendente, sino demostrar de manera irrefutable que las historias míticas sobre las que se funda toda la estructura social, son falsas. La razón surge, así contra el mito. Al organizarse se convierte en filosofía y luego en ciencia. Hasta se ha llegado a pensar que la razón es por eso, desde el comienzo, un poder revolucionario, un factor disolvente y subversivo. Frente al poder aglutinante del mito afirma la libertad de los hombres, su capacidad individual de decisión y de oposición […] El mito es sobrehumano e histórico, la razón es humana y suprahistórica […] Llega un momento dentro de una cierta historia moderna en que grandes mayorías están convencidas de que deben resolver sus problemas, tanto teóricos como prácticos, por medio de la razón. Esta actitud ha buscado fomentar la aplicación del análisis racional a los fenómenos naturales, lo que contribuiría a disolver los últimos mitos existentes sobre el cosmos (Miró, 1993: 72-75). Para tratar los mitos, véase también: Ernst Cassirer (1998). Filosofía de las formas simbólicas. México, FCE; Claude Lévi-Strauss (1996). Antropología estructural. Mito, sociedad, humanidades. México, FCE; James Georg Frazer (1951). La rama dorada. Madrid, FCE.; Pierre Guiraud (1994). La semiología. México, Siglo XXI, 127-133 […]
Jamás hemos tenido tantos medios para predecir, pero jamás nos hemos encontrado tan inciertos acerca del futuro. Las predicciones de antaño eran ilusiones, pero daban certidumbres. Ya no tenemos esas ilusiones. Al lado de estos desilusionados que somos, quedan los optimistas voluntaristas, que quieren hacer creer que “si se siguen sus consejos” las cosas irán bien. Usualmente son políticos, dirigentes, responsables de algunos sectores. Quedan también los optimistas irracionales, que se apoyan sobre su “íntima convicción”: su fe religiosa, su fe humanitaria, su dios o su hombre (que han decepcionado mucho). Sólo engañan a aquellos que consienten ser engañados (Antaki, 2001: 114-115).
Si nos avergüenzan nuestros pasados y nos atemoriza el conocimiento concreto de la realidad y de nuestros orígenes, entonces vamos camino a un futuro incierto, más incierto aún que este presente de incertidumbre mundial que vivimos hoy. ¿Es que acaso el “instinto de conservación” y el respeto a sí mismo, la autoestima, no cuentan en algunas sociedades? Pero todavía más… Los países, los grupos, que quieren crecer, que quieren cambiar, tienen que desarrollar sus estrategias particulares de vida, de manera lógica, armónica y funcional, enfrentar la realidad con decisión y lucidez. Y para desarrollar las estrategias particulares de vida, no se puede copiar en cuerpo y alma “al otro”, “a los otros”, porque esos “otros” son diferentes, tienen un mundo diferente, y todos sabemos que eso de la “igualdad” es el gran mito de la Humanidad. ¿Cuándo y dónde, en la historia de la Humanidad, ha habido igualdad? ¿Cuándo y dónde los seres humanos y sus comunidades han sido iguales? ¡Siempre hubo, siempre ha habido y siempre habrá diferencias, y muchas, tanto entre los mismos seres humanos, hombre o mujeres, como entre sus comunidades, civilizadas o no! No obstante, claro que creemos y abogamos por todas las “cosas lindas” y humanas que respecto a la “pluralidad” se han escrito y se gritan a voces, pero de práctica nada:
[…] En términos amplios, pluralismo es la doctrina que sostiene que todos los diferentes sistemas socio-culturales creados por los hombres son igualmente válidos. Por ende, reconoce como necesaria y legítima la diversificación de las sociedades humanas, ante la evidencia, puesta de relieve por los estudios antropológicos, de que todos los hombres son capaces de satisfacer sus necesidades materiales e inmateriales con equipos, técnicas, organización, pautas y valores distintos. La teoría y la práctica de la pluralidad son producto del relativismo cultural, mientras que su extremo contrario, el etnocentrismo, pretende imponer a todos los grupos el estilo de vida de uno de ellos. La pluralidad viene a ser una condición indispensable para la coexistencia pacífica en escala internacional [como es el caso de la Comunidad Europea o la Rusia actual] o en el interior de las naciones [como es el caso de México y Brasil, por ejemplo]. En las regiones del mundo colonizadas [colonización en todos los sentidos: política, economía, cultura, religión, lengua…] por Occidente (América, Asia, África y Oceanía), las poblaciones nativas fueron discriminadas económica, social y políticamente; muchas veces se impidió la mezcla racial y se evitó la cultura, y de esa manera se establecieron comportamientos étnicos rígidos, conforme a los cuales cada sector de la población (casta) tuvo sus propias instituciones y leyes […] Desde la época prehispánica había en México grandes diferencias entre los grupos aborígenes, derivadas de sus distintos modos de vida […] No obstante esas diferencias, vencedores y vencidos, tributados y tributarios, se enlazaban por una historia común, manifiesta en los hábitos, tradiciones y creencias que reflejaban la comunidad de origen, de raza y de cultura.
La Conquista española, consumada en la primera mitad del siglo XVI, cambió radicalmente este cuadro. Quedaron frente a frente dos tradiciones culturales y dos razas. La Corona española estableció el régimen de castas y sujetó a los nativos a una legislación especial […]
A principios del siglo XIX, después de haberse logrado la independencia política [algo se logró, pero también mucho se perdió] […] Las aisladas tentativas para devolver a las comunidades indígenas las tierras que habían perdido quedaron anuladas por la política liberal que perseguía el ideal de hacer a todos los habitantes pequeños propietarios […] Las luchas para poner en circulación las grandes propiedades agrarias monopolizadas por la Iglesia católica afectaron la propiedad de las comunidades indígenas, cuyos miembros se encontraban impreparados y sin defensa en su nuevo ambiente social […] (Álvarez, 1987, t. XI: 6514-6518).
SEMINARIO
Las actitudes mentales básicas y los lenguajes corporales y verbales en la sincronía interaccional
Estados Unidos de América
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América es un continente muy característico y diverso, en todos los sentidos. Aquí está la potencia más grande de la tierra, Estados Unidos; pero también están países y territorios registrados entre los más pobres del mundo: Haití, Cochoapa el Grande –en el estado de Guerrero, en México–, Metlatónoc –en el estado de Guerrero, en México– […] y Honduras […]
En las sociedades del mundo actual, con su inmensa variedad de clases sociales y de clases económicas, con sus divisiones extremas en todos los sentidos, pero especialmente en lo que respecta a la economía, a las riquezas, a la educación y la salud, todo puede pasar, y de hecho todo pasa. En las sociedades modernas y civilizadas, en donde, según algunos (Lipovetsky y Charles, 2006), ya se ha pasado de la postmodernidad a la hipermodernidad, se observan cambios radicales que conducen a las personas a un modo de vida totalmente nuevo, pero caracterizado, aún más que en tiempos pasados, por la incertidumbre, el hiperestrés, el miedo y la angustia. En este “mundo nuevo”, llamado “hipermoderno”, mientras algunos hablan de democracia, igualdad y derechos humanos, otros, todavía y a estas alturas del siglo XXI, siguen pensando, sencillamente, en la subsistencia, en la sobrevivencia. ¡Así están las cosas en la hipermodernidad! […]
En lo que respecta al amor, la sexualidad y la formación de la pareja, en la etapa que conocemos normalmente como galanteo, que a veces es muy prolongada, tenemos que decir que aquí aparece un comportamiento experimental y ambivalente en donde hay conflictos, miedo, agresión, atracción sexual, nerviosismo. Aparecen expresiones faciales complejas. Generalmente se desarrolla en público. Hay manifestaciones infantiles.
A través del “sexo”, ya sea masculino o femenino, o el llamado tercer sexo (Morris, 1993: 141-147), podemos conocer a las personas en general –especialmente si pertenecen a nuestra cultura “occidental”. Recordemos que el término “cultura” es multidiscursivo, es decir que se emplea con muy variadas significaciones y en contextos–, sus expectativas, criterios, hábitos, predecir sus conductas posibles, especialmente debido a sus lenguajes corporales. Pero en situaciones de globalización, de análisis de un mundo tan grande y complejo como el nuestro, aparte de interactivo, la situación se presenta con matices extremadamente diferentes, debido a que acerca del sexo y la sexualidad los criterios y las tradiciones no solamente son complejos en un mismo país, como puede ser, por ejemplo, Estados Unidos o México o Brasil o India o China o África o la misma Cuba, sino que debido a las distancias culturales que existen entre los países que interactúan en el mundo moderno, algunas culturas pueden valorar a otras como sencillamente aberrantes, justamente debido al panorama como se concibe el sexo y la sexualidad. La aceptación o el rechazo de estos criterios y conductas, con sus visiones, son el resultado de las mayores o menores distancias culturales entre los pueblos y la entronización de la cultura occidental, con sus aciertos y desaciertos, como medio para valorar a todas las otras culturas, como medio para establecer “lo bueno” y “lo malo”. Algo que llama tristemente la atención es la forma en que muchos grupos y personas mayores, de la “tercera edad”, tratan la sexualidad, su sexualidad, con miedos y tabúes propios de la época medieval, cuando hace mucho tiempo ya que el mundo civilizado tiene maravillosas soluciones para la mayoría de los trastornos y las disfunciones sexuales, que por supuesto son propios de la edad.[258] Si los indios o los chinos, o los rusos o los hotentones o los mandingas africanos tienen tales o cuales criterios o conductas sexuales…, es cuestión de esos países, sus pueblos y sus autoridades; y de nosotros, los occidentales (?), un aspecto a considerar, por si anduviéramos por allá, no valla a ser que “la guerra nos atrape inadvertidos”. Me parece que en este sentido tenemos que distinguir, por ejemplo, lo que es el sexo en sí y lo que es el sexo en el sentido del cristianismo occidental o romano –no del cristianismo oriental u ortodoxo y de otros grupos sectarios–, que son, en realidad, dos enfoques sociales y filosóficos diferentes (Arnott, 2003: 243-247).
Otro asunto a considerar aquí es el análisis de este tema de “comunicación, imagen y sexualidad” dentro de nuestra propia cultura “occidental”, en nuestros “países occidentales”, con los reales y concretos matices que el tratamiento de la “comunicación” y el tratamiento de la “sexualidad” demandan en el ámbito de la Comunicología, la Sociología, la Criminología y la Victimología. Me refiero aquí, concretamente, a ciertos comportamientos sexuales complejos y de alto riesgo. Como habíamos dicho anteriormente, lo masculino, lo femenino y lo homosexual siempre han existido. Unas culturas y grupos han aceptado o tolerado ciertos comportamientos sexuales, ciertos códigos sexuales, y su expresión abierta y pública; otras culturas y grupos no, “al parecer”, pero, de repente, se producen ciertos eventos o escándalos sexuales, que salen a la luz pública, que “mueven el tapete” de la cultura sexual de los pueblos y de su verdadera moralidad, de su escala de valores, debido a que tal parece que esos eventos se producen con la complacencia de todos los componentes del grupo, o con una buena cantidad de ellos. En la vida moderna y globalizada no hay de dos: o estás a favor o estás en contra, o afirmas o niegas, o estás de un lado o estás del otro, y esto se produce con tus palabras de aceptación o de negación y protesta, y con tus manifestaciones corporales de aceptación o de negación y rechazo. En estos casos extremos el que se abstiene entonces “está a favor”, como sabemos ya por la experiencia de años en la vida de las culturas civilizadas. Para ser más claro, me refiero aquí a ciertas culturas y grupos, que se consideran altamente moralistas y conservadores, pero que admiten la presencia y liderazgo de prostitutos y prostitutas, de pederastas, violadores y masoquistas, inclusive en el seno de las más altas esferas de la política, la religión, la educación, el gobierno y los clubes sociales.
En ciertas culturas y grupos de nuestros días se registran códigos comunicativos verbo-corporales del ámbito de la sexualidad que, al parecer, están prohibidos, vetados, por las “leyes de los hombres” y por las “leyes de Dios”; pero que, de repente, al ver y oír la información noticiosa nacional e internacional, al ver un film que recrea estas escenas –y que en los últimos años han aparecido ya unos cuantos, inclusive cintas que han sido multipremiadas por las academias cinematográficas–, al salir del “letargo”, al considerar los hechos con “sus palabras” y con “sus imágenes”, caes en la cuenta de que “todo se vale”, si consideramos las actitudes de complacencia de ciertos grupos determinantes, que deciden, de una manera u otra, la suerte de las comunidades, de los países, de los continentes y del mundo en general, que han sido los verdaderos y auténticos generadores y protagonistas de esas escenas. Basta ver cómo se comportan algunos pueblos y gobiernos ante el acoso sexual y el acoso moral. ¿Cómo es posible que comunidades y países que pretenden llamarse civilizados y morales no consideren este cáncer social?
En los países occidentales lo masculino y sus actos derivados, lo femenino y sus actos derivados, y lo homosexual –considerando aquí como conducta homosexual la observada por “adultos”, mayores de edad, con pleno conocimiento de causa, y sin impedimentos o restricciones religiosas, políticas o sociales, que le indiquen o que le obliguen a lo contrario, es decir a no practicar por ningún motivo la homosexualidad– y sus actos derivados, tienen sus leyes, sus normas, sus códigos, sanciones –claro que no para todos, depende del status y las relaciones del infractor–, etc. No así en muchos pueblos incivilizados en donde cualquiera puede hacer cualquier cosa y, si alguien se entera del delito, en el caso en que lo sea, con un soborno, un regalo, una prebenda, un favor, todo queda arreglado, con el consecuente deterioro moral, sicológico y social, del afectado.
En este sentido, no podemos olvidar algo que en nuestros días ya conocemos perfectamente, gracias a los medios de comunicación y a la denuncia de muchas personas y familias sensatas, las redes regionales e internacionales de la pederastia, las violaciones sexuales a menores, el abuso sexual de menores, inclusive en las más altas esferas del clero católico, del Vaticano […]: http://knol.google.com/k/fernando-antonio-ruano-faxas/sexo-pederastia-paidofilia-pedofilia/19j6x763f3uf8/22# , http://knol.google.com/k/fernando-antonio-ruano-faxas/sexo-pederastia-paidofilia-pedofilia/19j6x763f3uf8/19# , http://knol.google.com/k/fernando-antonio-ruano-faxas/los-alcances-de-la-depravación-del-cura/19j6x763f3uf8/117# , http://knol.google.com/k/fernando-antonio-ruano-faxas/acaso-alguien-puede-creerle-al-cardenal/19j6x763f3uf8/118# […]
Todas las culturas –de nuevo recuerdo que el término “cultura” es multidiscursivo, es decir que se emplea con muy variadas significaciones y en contextos– tienen sus tabúes. La tradición judeo-cristiana está llena de tabúes. Al respecto, por ejemplo, consúltese en la Biblia “Levítico”.
El tabú lingüístico es un proceso muy frecuente que conduce a evitar algo, un acto, una conducta, un objeto, una palabra, que en una cultura determinada designa algo molesto, sucio, inoportuno, desagradable, etc., sustituyéndola por otra expresión menos comprometedora, más agradable. Así, por ejemplo, en el caso de las palabras-tabú, decimos invidente por ciego; minusválido por paralítico; seno o pecho por teta; pompi por nalga; pajarito o cosita por pene; económicamente débil por pobre; amiga o segundo frente por amante, etc. Los tabúes del lenguaje pueden aparecer por tres causas[259]:
Miedo: son muchas las sociedades en las que a través del tiempo se ha evitado el mencionar, por temor, los nombres de los dioses, se ha evitado el hacer cualquier referencia directa a los muertos, al diablo y a los malos espíritus y se ha evitado el mencionar tocar o comer algunos animales,[260] y cuando se expresan los nombres de determinados animales es para ofender, como sucede en la cultura árabe con el cerdo y el perro. El perro en la cultura árabe es un animal impuro, sucio y desagradable y en lo absoluto se relaciona con la vida del hombre. Nunca un árabe rezará en un lugar en donde se encuentre un perro. También el cerdo es un tabú en muchas culturas, por ser un animal impuro: “El cerdo es un animal «impuro», prohibido por el Islam, el judaísmo, el cristianismo abisinio y el hinduismo” (Gourou, 1984: 36). Entre los árabes una maldición común y terrible es decirle a otra persona: “que se te llene la boca de carne de cerdo”, algo que para cualquier otra persona, por ejemplo un español, un cubano, un brasileño o un mexicano, sería algo sensacional y exquisito. El cerdo es un animal que tiene un olfato más sensible que el del perro. Debido a este olfato tan sensible y a los grandes conflictos bélicos del área, en Israel, donde el cerdo es un animal impuro –prohibido, que no debe ser tocado ni debe relacionarse con los seres humanos–, es empleado como animal especializado en detectar invasores, enemigos y objetos sospechosos; pero para esto, antes del entrenamiento especializado de estos animales, un rabino tuvo que dar su permiso, su aprobación. Son muchas las prohibiciones asociadas con productos animales (Gourou, 1984: 34-39).
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RUANO FAXAS. CONFERENCIA. IMAGOLOGÍA DEL ARTE. TABÚ, LO PROHIBIDO PERO QUE TODOS EXPRESAN Y HACEN. EL GRAN MASTURBADOR, THE GREAT MASTURBATOR, DALÍ, 1929
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[…] La prueba del dramatismo del encuentro entre las dos culturas: la amerindia y la europea, nos habla también del miedo, del temor, del terror, en la interacción entre grupos diferentes. Innegablemente, debido a factores hereditarios, existen formas de expresión del rostro que son innatas y que tienen el mismo significado en todos los ámbitos culturales, especialmente en aquéllos que presentan una cercanía mayor debido a la proximidad cultural, lingüística o geográfica (Ruano, 2002b). Nos referimos a las formas que se reflejan en nuestro rostro, a las contracciones de los músculos faciales, ante el dolor, la alegría, el miedo, la ira, la felicidad, el asco, etc. Aquí entonces la pregunta sería, ¿acaso algunos pueblos, ciertos grupos, determinadas personas, ya pueden controlar estas expresiones de manera tal que no podamos ver, no podamos saber, claramente, el sentimiento que expresan o que “supuestamente” deberían expresar?, ¿entonces quiénes son los que actúan de manera correcta, “ellos” o “nosotros” o “yo”? No podemos olvidar que todo progreso, al aparecer, en el mismo momento en que aparece por lo menos, siempre es temido y muy frecuentemente se rechaza. Los cambios, al producirse, automáticamente tienden a molestar, a preocupar, a alterar al grupo, a la masa, a los individuos, porque se cambia el orden que está establecido, la tradición, lo habitual, la herencia, y para que se asimile el cambio, si es que no se impone por las armas, que eso es otra cosa, tiene que pasar el tiempo, tiene que haber un periodo de adaptación y entrenamiento, en el que se vayan viendo las ventajas del cambio. Pero esto no es fácil. Aquí tendríamos que recordar la protesta más grande que ha generado un cambio. Nos referimos a la máquina, a la máquina industrial, que provocó un miedo profundo, dado que sustituiría innegablemente al hombre. Por otro lado, habría que reconsiderar a quién realmente benefician los “cambios”, a cuáles individuos, esferas, capas o estratos socioculturales y socioeconómicos llegarán los beneficios del cambio y quién o quiénes controlarán la suerte del cambio, lo que se refiere tanto a la historia de la imprenta, como a la de la radio, a la Enciclopedia de Diderot, y hasta a la firme decisión, contra viento y marea –y me refiero aquí, en particular, a los tradicionales y habituales obstáculos que intentan poner algunos grupos humanos y la Iglesia católica al pueblo desposeído de cultura científica para el conocimiento de la “verdad” de los hechos sociohistóricos, lo que afortunadamente en el mundo moderno, por lo menos en los pueblos civilizados, es ya casi imposible, dada la presencia y eficaz funcionamiento de los medios de comunicación, de Internet, de muchas instituciones gubernamentales y las asociaciones de derechos humanos–, de un desafortunado tratado de libre comercio […]
¿Y qué decir en cuanto a la relación entre estrés y miedo? Aquí hay mucho de qué hablar.
Entendamos aquí estrés como la agresión del organismo en su totalidad y que puede amenazar su existencia, causada por agentes de todo tipo –emoción, frío, enfermedad, intervención quirúrgica, choque traumático, economía, conflictos grupales– y las respuestas fisiológicas, metabólicas y comportamentales ante esa agresión. También se puede definir el estrés como la situación de un individuo o de un órgano, que, por exigir de ellos un rendimiento muy superior al normal, los pone en riesgo próximo de enfermar. No todos los grupos sociales y todas las personas son afectados por los mismos estreses; depende de la fragilidad de los grupos y las personas ante determinado estrés. Sabemos, y es más que claro en toda sociedad civilizada, que la conducta corporal incluye movimientos corporales apropiados a la situación que los provoca. Es muy fácil ver los cambios emocionales que se producen en una sociedad, colectivo laboral o individuo en particular. Las emociones se observan mediante los cambios fisiológicos que se presentan en el cuerpo, en especial cuando existen trastornos o perturbaciones:
La palabra estrés fue tomada de la ingeniería, en donde se refiere a la acción de las fuerzas físicas sobre las estructuras mecánicas. En medicina, el estrés es un proceso físico, químico o emocional productor de una tensión que puede dar origen a una enfermedad. Las respuestas emocionales están programadas para pelear o huir. Usualmente, una vez que se ha presentado la lucha contra un adversario o se ha huido de una situación peligrosa la amenaza termina y la condición fisiológica regresa a la normalidad. Sin embargo, cuando el estrés y la activación son continuos pueden producir daño severo a la salud […] Además, las personas expuestas constantemente a situaciones de estrés tienen más posibilidades de sufrir úlceras gástricas […] Tanto los médicos como el público en general han reconocido que el estrés puede producir enfermedades. La ansiedad y el estrés pueden producir problemas respiratorios y de la piel, provocar ataques de asma alérgicos y desempeñar un papel importante en ciertas afectaciones cardiacas. De todos los sistemas corporales, el tracto gastrointestinal es uno de los más vulnerables al estrés emocional. Las preocupaciones, los miedos, los conflictos y la ansiedad de la vida cotidiana pueden producir trastornos gastrointestinales que van desde un estómago nervioso hasta las úlceras gástricas que con frecuencia padecen los ejecutivos. El estrés emocional produce úlceras debido a que incrementa la circulación de ácidos en el estómago. Cuando el estrés se mantiene durante periodos largos, se producen cambios notables en la mucosa gástrica, unidos a un considerable aumento de acidez estomacal [El estrés genera ciertas hormonas que afectan al cerebro y que finalmente hace que el sistema inmunológico se afecte, se pierda la concentración y también la memoria] Los efectos de estímulos estresantes, y situaciones que provocan miedo o ansiedad, dependen de las percepciones y la reacción emocional de cada individuo. Sabemos que muchas personas utilizan talismanes u otros objetos mágicos para evitar el peligro, ya que la ilusión de control les brinda seguridad. Hay que notar que existen diferencias individuales en la susceptibilidad al nivel del estrés (Ostrosky-Solís, 2000: 169-171).
Dicen Møller y Hegedahl (1983: 97-98) que existen efectos positivos del estrés y efectos negativos del estrés:
El estrés es valioso [efectos positivos] bajo ciertas circunstancias, por ejemplo en deportes, discursos y exámenes. La respuesta de estrés templa y da fortaleza a las personas, incrementa su atención, mejora su visión, fortalece los músculos y reduce los tiempos de reacción. La respuesta de estrés incrementa nuestra habilidad para pelear o huir, y moviliza todos nuestros recursos para lograr lo que nos hayamos propuesto.
Otro efecto positivo es el gusto que el estrés le imprime a la vida al estimular los sentidos y las pasiones. Muchas personas necesitan retos en sus vidas y serían infelices sin ellos.
El estrés sólo tendrá efectos positivos si no se permite su acumulación, o sea si puede deshacerse de él constantemente […]
Los efectos negativos del estrés demuestran que una persona está permitiendo que el estrés permanezca en su cuerpo. Esto generalmente ocurre cuando no se ha tenido la oportunidad de tomar los pasos necesarios para liberar una respuesta de estrés demasiado intensa y prolongada.
Según estos autores, los estresores pueden ser físicos:
1. Calor.
2. Frío.
3. Ruido.
4. Malas condiciones de trabajo y equipo.
5. Contaminación.
6. Fuego.
7. Tráfico.
8. Violencia.
9. Enfermedad propia.
o sociales, divididos a su vez en cuatro grandes causas:
1. Sociales, económicas y políticas:
· Desempleo.
· Inflación.
· Costos de vivienda.
· Impuestos.
· Delincuencia.
· Cambios tecnológicos.
2. Familiares:
· Repartir el trabajo.
· Celos.
· Roles sexuales.
· Valores diferentes.
· Muerte o enfermedad en la familia.
· Diferentes estilos de vida.
· Problemas económicos.
3. Trabajo y carrera:
· Fechas límites.
· Comunicaciones confusas.
· Interrupciones.
· Competencias.
· Luchas por el poder.
· Educación y/o capacitación.
4. Interpersonales y de entorno:
· Diferentes valores.
· Obligaciones.
· Tiempos de espera.
· Servicio deficiente.
· Fumadores/No fumadores.
· Hábitos de manejo.
· Expectativas sociales.
En investigaciones recientes se encontró que del 100 por ciento de las personas que se encontraban bajo situaciones de estrés intenso, el 80 por ciento mostraban enfermedades o problemas de comportamiento. Pero ¿qué sucedía con el otro 20 por ciento? Al hacer un análisis más detallado de estas personas que no se enfermaban ni mostraban problemas fuertes a pesar de estar bajo estrés, se encontraron ciertos rasgos comunes. Todos ellos mostraban una actitud de reto, control y compromiso. Es necesario, y creemos que ya hay que decir a estas alturas del s. XXI que “humano”, que las empresas y los funcionarios comprometidos con los “trabajadores de carne y hueso” y no con los “trabajadores-máquinas”, que los departamentos de recursos humanos –y no recursos “inhumanos”, como ya hemos oído que a veces se les llama a estas áreas tan importantes en la vida de la empresa–, tomen parte verdaderamente activa y resolutiva en este asunto y creen ambientes más sanos dentro de la empresa. Es necesario que las áreas de recursos humanos creen un ambiente tal dentro de las empresas e instituciones que tienda a la estabilidad social y laboral. Las empresas e instituciones, cualquiera que sean éstas, no deben añadir a todos los estreses de la vida normal, a esos estreses que todos los humanos y todas las culturas tienen que enfrentar de manera natural –a veces traducidos como “desgaste implicado al confrontar los problemas de la vida” y “desgaste implicado en el acto de simplemente vivir”–, en especial en áreas cosmopolitas, los “estreses particulares”, que en muchos casos no son generados por los comprensibles momentos de emergencias que aparecen en estas situaciones no equilibradas de “globalización”, sino por individuos o grupos de individuos portadores de conductas evidentemente desajustadas para un mundo moderno, evolucionado y que pretende llamarse “tolerante”, que se aprovechan de toda una serie de condiciones socioculturales, socioeconómicas y sociopolíticas de los “subordinados aparentes” para desarrollar e imponer sus conductas sicópatas o sociópatas según sea el caso, que pueden resultar en afectaciones extremas al ser humano, al trabajador, como es el caso del Síndrome de Acoso Institucional, acerca de lo cual nos habla José Luis González de Rivera y Revuelta, Catedrático de Psiquiatría y director del Instituto de Psicoterapia e Investigación Psicosomática de Madrid.
El acoso grupal o mobbing –también llamado bullying en Inglaterra– es un síndrome de características muy definidas. Los candidatos o individuos de riesgo presentan cuadros clínicos que, de no ser abordados a tiempo, pueden derivar en complicaciones severas. El concepto de acoso grupal o mobbing fue introducido en las ciencias sociales por el etólogo Konrad Lorenz, como extrapolación de sus observaciones en diversas especies de animales en libertad. En su significado original más simple, se llama mobbing al ataque de una coalición de miembros débiles de una misma especie contra un individuo más fuerte.
Actualmente, se aplica a situaciones grupales en las que un sujeto es sometido a persecución, agravio o presión psicológica por uno o varios miembros del grupo al que pertenece, con la complicidad o aquiescencia del resto. En realidad, el fenómeno es conocido desde antiguo como síndrome del chivo expiatorio y síndrome del rechazo de cuerpo extraño.
El acoso institucional es una de las experiencias más devastadoras que puede sufrir un ser humano en situaciones sociales ordinarias. Se define como “ser objeto de agresión por los miembros del propio grupo social”, y se distingue de dos situaciones próximas: el rechazo social, en el que el individuo puede ser excluido por sus iguales de contactos e interacciones, pero no perseguido, y la desatención social, en la que el individuo es, simplemente, ignorado. Su ocurrencia se ha descrito en instituciones altamente reglamentadas y homogéneas, como en escuelas, fuerzas armadas y cárceles, así como en instituciones conservadoras, en las que hay poca tolerancia a la diversidad y fuertes vínculos e identidades compartidas entre sus miembros. La presentación de acoso psicológico es más probable en organizaciones relativamente cerradas, cuya cultura interna considera el poder y el control como valores prioritarios sobre la productividad y la eficacia. Por eso, dentro del ámbito laboral, parece darse con más frecuencia en universidades, hospitales y ONG, aunque ninguna entidad, pública o privada, parece estar a salvo del problema. En cuanto a los individuos con riesgo, varios estudios independientes, como los de Leyman, Schuster y Adams, coinciden en describir en ellos características comunes, que pueden resumirse en las dos siguientes:
1. Son diferentes, en aspecto, conducta, valores y actitudes, con respecto al grupo general.
2. Su mera presencia provoca un cuestionamiento implícito sobre los símbolos, características y valores que dan homogeneidad al grupo.
Grupos presionados.
1. Los envidiables: personas brillantes y atractivas, pero consideradas como peligrosas o competitivas por los líderes implícitos del grupo, que se sienten cuestionados por su mera presencia.
2. Los vulnerables, individuos con alguna peculiaridad o defecto, o, simplemente, depresivos necesitados de afecto y aprobación, que dan la impresión de ser inofensivos e indefensos.
3. Los amenazantes, activos, eficaces y trabajadores, que ponen en evidencia lo establecido y pretenden imponer reformas o implantar una nueva cultura.
El cuadro clínico reviste dos formas principales:
1. La depresiva.
2. La de estrés-ansiedad.
En su vertiente patoplástica depresiva, la clínica es muy parecida a la del síndrome de desgaste profesional o burn-out, aunque con mayores dudas sobre la autoidentidad, y con tendencia a la idealización de las mismas estructuras o personas responsables de la persecución. Recordemos que el síndrome de estrés profesional o burn-out se caracteriza por la sensación de estar desbordado, con agotamiento de la capacidad adaptativa. Los síntomas principales del burn-out se agrupan en tres categorías:
1. Cansancio emocional, que se traduce por agotamiento físico y psíquico, abatimiento, sentimientos de impotencia y desesperanza, desarrollo de un autoconcepto negativo y actitudes negativas hacia el trabajo y la vida en general.
2. Evitación y aislamiento, traducido en su conducta a través del ausentismo laboral, ausencia a reuniones, resistencia a enfrentarse con personas o atender al público, o en su actitud emocional, que se vuelve fría, distante y despectiva.
3. Sentimiento complejo de inadecuación personal y profesional, con deterioro progresivo de su capacidad laboral y pérdida de todo sentimiento de gratificación personal en el trabajo. Este tercer elemento suele presentarse de manera directa, aunque puede manifestarse también de forma paradójica, encubriéndose con una actitud aparente de entusiasmo e hiperdedicación.
Como habíamos dicho anteriormente, es necesario que los departamentos de recursos humanos de las empresas e instituciones, cualquiera que sean, vigilen muy de cerca las relaciones que se establecen en las empresas en condiciones de globalización y en situaciones en donde la diversidad racial, religiosa, cultural, política, económica y sexual es notoria. En estos casos, para que se de produzca este tipo de acoso laboral, en primer término, tiene que darse la presencia de “una persona” que asuma el papel de perseguidor principal –a veces llamada “satélite” y “espía de umbrales” (James, 2002: 75 y 97)–, investida, por supuesto, de la suficiente autoridad o carisma, por lo menos aparentemente, como para movilizar las dinámicas grupales de acoso. Su personalidad presenta una peculiar combinación de rasgos narcisistas y paranoides, que le permiten autoconvencerse de la razón y justicia de su actividad destructiva. Algunos especialistas en conductas sociolaborales consideran que se trata de una forma asexual de perversión. Otros, la clasifican como una modalidad de sociopatía agresiva. Otros piensan que esto no es más que una “mediocridad inoperante activa”, un trastorno de la personalidad caracterizado por la exacerbación de tendencias repetitivas e imitativas, apropiación de los signos externos de la creatividad y el mérito, ansia de notoriedad que puede llegar hasta la impostura, y, sobre todo, intensa envidia hacia la excelencia ajena, que procura destruir por todos los medios a su alcance. En algunos casos esto es todavía peor: este “individuo especial” para lograr su objetivo es capaz de convertirse en el típico amigo-mercenario concomitante, que prácticamente ruega, pide a través de un especial discurso verbal y corporal, que confíes en él para luego pasar “información distorsionada” acerca de su víctima o sus víctimas a “su patrón”. Las maniobras principales que el mediocre inoperante activo utiliza para el acoso psicológico de su víctima o sus víctimas son las siguientes:
1. Someterle a acusaciones o insinuaciones malévolas, sin permitirle defenderse o expresarse.
2. Aislarle de sus compañeros, privarle de información; interrumpir o bloquear sus líneas de comunicación.
3. Desconsiderar e invalidar su trabajo, distorsionar o tergiversar sus actividades y comentarios, atribuirle motivaciones espurias o vergonzantes.
4. Desacreditar su rendimiento, dificultar el ejercicio de sus funciones, ocultar sus logros y éxitos, exagerar y difundir, fuera de contexto, todos sus fallos, tanto reales como aparentes.
5. Comprometer su salud, física y psíquica, mediante una constante presión estresante que favorece las alteraciones depresivas, psicosomáticas, y actos de huida que pueden llegar hasta la renuncia brusca al puesto laboral o al suicidio.
Un segundo aspecto se relaciona con la colaboración y permisividad del resto del personal de la organización. La persecución psicológica se desarrolla en medio de un sorprendente silencio e inhibición de los observadores, que, aunque conscientes del abuso e injusticia de la situación, se abstienen de intervenir, sea por complicidad implícita con el plan de eliminación del acosado, sea para evitar convertirse ellos mismos en objeto de represalia –muy común en América Latina–. No es del todo infrecuente que individuos ambiciosos de escasa valía profesional aprovechen conscientemente la situación, que les favorece al entorpecer o eliminar a un competidor más cualificado.
Los trabajadores que por una u otra cuestión reciben una tal carga de estrés –adicional a la ya cada vez más grande y variada carga de estreses comunes “normales”– pero altamente dañina, mucho más que la carga de estreses que es habitual para todos, deben reflexionar con mucho cuidado en torno a si es en extremo necesario que permanezcan en el área, empresa o institución que la genera, porque, a muy corto plazo, el daño, que es irreversible en la mayoría de los casos, le afecta no sólo a él sino a su más cercano núcleo familiar y social en general, a su salud, dentro y también fuera de esa institución. No podemos olvidar que:
El ser humano no sólo reacciona ante los estímulos y eventos presentes sino que también los simboliza; por tanto, no necesita que el estímulo [en este caso ese tipo de estrés] generador del miedo esté presente. Una idea o el recuerdo del estímulo pueden ser tan eficaces como el estímulo visible y concreto [y causarán los mismos efectos o reacciones psicosomáticas que éste, tales como:]
1. Reacciones cutáneas: alergias, urticaria, etc.
2. Reacciones de los músculos esqueléticos: dolor de espalda, calambres musculares y reumatismo.
3. Reacciones respiratorias: asma, rinitis espástica y bronquitis a repetición.
4. Reacciones cardiovasculares: presión arterial elevada, dolor de cabeza de tipo migraña, taquicardias.
5. Reacciones sanguíneas y linfáticas.
6. Reacciones gastrointestinales: úlcera duodenal, colitis, constipación, pérdida de apetito.
7. Reacciones genitourinarias: trastornos menstruales, micciones dolorosas, constricción dolorosa de la vagina, frigidez.
8. Reacciones endocrinas: aumento de la glándula tiroides, obesidad, trastornos de factores emocionales.
9. Reacciones del sistema nervioso: ansiedad, angustia, fatiga, torpeza.
10. Reacciones de los órganos de los sentidos. Conjuntivitis crónica (Ostrosky-Solís, 2000: 172-174; Møller y Hegedahl, 1983: 102).
Al respecto nos dicen H. Gitlow y Sh. Gitlow (1994: 164-167):
Imaginemos lo que sería despertarnos cada mañana y disponernos a ir a un lugar que nos hace sentir inseguros, ansiosos, temerosos e insuficientes. Lo hacemos día tras día, semana tras semana, mes tras meses y, por último, año tras año. La situación empieza a tener efectos nocivos. Los niveles de tensión aumentan, la salud se deteriora, las relaciones de familia sufren, el desempeño en el trabajo se empeora y terminamos en un estado de agotamiento nervioso. Nos preguntamos por qué seguimos viviendo así, pero sabemos que no hay más opciones. Parece una pesadilla en la que estamos sentenciados a una vida desdichada y sin salida. Esto suena como una situación extrema, y lo es. Pero es una situación en la cual se encuentran actualmente millones de trabajadores en Norteamérica [e inclusive en la Comunidad Europea. ¡Imaginemos entonces lo que sucede en América Latina, África, Asia…!]. ¿Cuántas personas que usted conoce gustan realmente de su empleo? ¿Cuántas se levantan por la mañana con el aliciente de la jornada que les espera? Pensamos que son muy pocas. El trabajo para muchas personas es una experiencia desagradable, no necesariamente porque no les gusta lo que hacen sino por el ambiente en que lo hacen. Un elemento crítico en este ambiente negativo es el temor. Es un problema enorme con resultados nefastos.
[…] Abundan las enfermedades relacionadas con la tensión emocional. Las investigaciones actuales están demostrando una relación causa y efecto entre la tensión y la enfermedad, que ya no puede negarse. Algunos empleados recurren a drogas y al alcohol para embotar la sensación de temor y lograr terminar el día. Esto, naturalmente, multiplica los problemas de los empleados y de la empresa. El ausentismo aumenta debido a las enfermedades relacionadas con la tensión, la depresión y los problemas emocionales, las dificultades familiares y el agotamiento nervioso.
Un empleado que participa del ambiente de temor presenta desánimo, mala productividad, represión de la creatividad, renuencia a asumir riesgos, comunicación ineficaz y escasa motivación para laborar por el bien de la empresa. Por lo tanto, el temor del empleado es importante no sólo para el individuo sino también para los supervisores y para la organización. La pérdida económica para la empresa es imposible de medir y, a la larga, la perjudicada es la sociedad en general. La administración tiene la obligación moral de velar por la salud física y emocional de sus empleados por el bien de éstos y el de la organización. Un empleado en mal estado de salud no puede participar en el mejoramiento de la calidad y la productividad. Está demasiado ocupado en tratar de resolver sus propios problemas. El temor, factor que causa muchos de estos problemas, tiene que reducirse y con el tiempo erradicarse.
Lamentablemente, muchos administradores utilizan su poder para intimidar, en vez de esforzarse por eliminar el temor en la organización. Se les ha preparado y reforzado para creer que la mejor manera de lograr que los demás hagan algo es aplicar el poder coercitivo. Los trabajadores piensan que si no cumplen, se les sancionará. Desde luego, esto suscita temor, el cual entorpece el desempeño y es contraproducente. El hecho de tener poder sobre alguien no significa necesariamente que el subalterno deba temerle al jefe y a las actuaciones de éste. El administrador puede proyectar una imagen de trabajo de equipo, interés y apoyo y aun así conservar su posición de “jefe”. Se ha demostrado que es mucho más eficaz recompensar a la gente por un buen trabajo que sancionarla o amenazarla con la sanción.
Históricamente, el comportamiento de los administradores que fomentó un clima de temor fue el factor que dio origen a la formación de sindicatos laborales. Los trabajadores acogieron a los organizadores sindicales porque temían por su empleo, su salud, su sustento y la explotación continua de la administración. Podemos creer que los sindicatos laborales son positivos o negativos, pero el hecho es que tal vez no habrían surgido si la administración no hubiera creado temor en el lugar de trabajo. Los sindicatos laborales no habrían sobrevivido si los empleados hubieran podido superar sus sensaciones de inseguridad y ansiedad.
El temor emana de una sensación general de impotencia ante alguien (un administrador) o algo (la organización) que ejerce control sobre aspectos importantes de nuestra vida. La naturaleza de una jerarquía es tal, que favorece a los del nivel más alto, y todos en la organización se percatan de ello. Algunos elementos específicos del sistema pueden acentuar el temor que existe en virtud de nuestra posición dentro de la entidad. Estos elementos son:
1. Posibilidad de perder el empleo.
2. Posibilidad de sufrir daño físico.
3. Evaluaciones del desempeño.
4. Ignorancia de las metas de la empresa.
5. Fracasos en la contratación y la capacitación.
6. Mala supervisión.
7. Falta de definiciones operacionales.
8. Desconocimiento del cargo, el producto o las especificaciones.
9. Incumplimiento de cuotas.
10. Reproches por problemas del sistema.
11. Malos procedimientos de inspección.
El temor en el sistema no se limita a los trabajadores de línea. Los supervisores y los administradores abrigan muchos de los mismos temores, al igual que otras personas; por ejemplo, temor a perder la posición debido a una reorganización, a la absorción hostil por parte de algún conglomerado, y a las decisiones erradas. Dentro del proceso ampliado, los proveedores también sufren temores. Temen la cancelación de pedidos, verse obligados a aceptar precios inferiores y perder clientes. Los clientes temen que el proveedor se aproveche de ellos en el precio o en la calidad, temen no tener medios para solucionar problemas, y perder sus recursos.
El temor es frecuente en nuestra sociedad en general. Nos producen temor los cambios políticos, la guerra, volar en avión, los exámenes médicos, el crimen, las personas de otras razas, de otras religiones, lo que nuestros hijos estarán haciendo cuando no están con nosotros [a quedarnos sin encontrar la pareja ideal o, en últimas circunstancias “la pareja”, a que nos sean infieles, etc.]. Nos hemos acostumbrado a la emoción del miedo, así como al dolor que éste suele ocasionar. Sin embargo, el temor no cumple ningún propósito. No hay razón para perpetuarlo en las organizaciones; la gente tiene ya suficientes temores en su vida personal y social y no necesita motivos adicionales de inseguridad en su lugar de trabajo. Lo que sí necesita es un ambiente constante de apoyo que acentúe el trabajo en equipo y resalte el interés por el individuo como una persona total.
Según cifras de agosto de 2001, en la Comunidad Europea se invierten cada año 20 mil millones de dólares en gastos por problemas de estrés […]
¿Pero de cuál ADAPTACIÓN (ADAPTATION) hablamos? Siempre hablamos de “adaptación”, de “adaptarnos”, de “que se adapten” […] Y también todos sabemos que esto no es fácil; al contrario, extremadamente difícil […] En muchos casos “¡horrible!”, desesperante […] Es muy fácil hablar todo tipo de boberías acerca de lo que no se sabe, pero cuando llega “el momento de la verdad”, es cuando decimos “¡Pero, Dios mío, qué es esto!”, o simplemente decimos: “¡Ay, coño!” o “¡Carajo, qué es esto!” […] y muchas otras expresiones por el estilo […] Creo que ya ha sido suficiente en nuestro letargo aterrador de mentiras, estupideces y manipulaciones. Ya basta de que nos manipulen en absolutamente todos los sentidos, como se dice por ahí: “ATOLE CON EL DEDO” […] ¡Qué les pregunten a los migrantes, a los ilegales, a los indocumentados, a los perseguidos, a los desplazados, a los afectados por los tantos y tantos desastres naturales de todo tipo y sus implicaciones, a los incapacitados y mutilados de guerra, a los millones y millones de niños de la calle, a esos niños que son secuestrados, vendidos y convertidos en productos sexuales, a esos niños que son víctimas del tráfico sexual, a esos niños de la India, de Brasil, de México […] ¡y hasta de Cuba! […] que les pregunten a los niños y niñas que son violados por los curas o sacerdotes, esos buenos cabrones protegidos por el Vaticano, por los papas y por las sociedades cómplices […] “¿QUÉ ES ADAPTACIÓN?” […] que les pregunten a los secuestrados o plagiados y a sus familiares, a los familiares de “los desaparecidos” […] “¿QUÉ ES ADAPTACIÓN?” […] que les pregunten a los millones de desempleados, a toda esa gente que de un día para otro ven cómo pierden sus casas, cómo su familia se queda sin comida […] también tendríamos que preguntarle a la bola de delincuentes, ladrones, “jijos”, de la política, de la gobernación, de las empresas corruptas y delincuentes, que se hacen multimillonarios robando al pueblo, a la gente pobre, a estas ratas de alcantarilla tendríamos que preguntarle también “¿QUÉ ES ADAPTACIÓN?” […] esto mismo tendríamos que preguntárselo también a todos esos trabajadores excelentes, magníficos trabajadores, que toda su vida han soltado el pellejo trabajando, y trabajando bien, que les han entregado su vida al trabajo, y que ven que los ascensos solamente llegan para los “barberos”, para los “guatacas”, para “los de confianza”, para esos insinceros aduladores y lambiscones http://knol.google.com/k/fernando-antonio-ruano-faxas/qu%C3%A9-es-la-adulaci%C3%B3n-lambisconer%C3%ADa-o/19j6x763f3uf8/27 y para los y las que se revuelcan sexualmente con los jefes y jefas, ahí en su “todos contra todos” y “él o la que sigue en la lista según convenga” […] también tendríamos que preguntarles a los “dejados”, “abandonados”, a esos esposos y esposas, que de un día para otro son abandonados con sus hijos por la pareja, sin un centavo, con un chorro de hijos, “a la suerte de Dios”, y esto habría que hacerlo a las personas capacitadas que pueden salir adelante, pero también tendríamos que preguntárselo a esas mujeres de África y Asia […] ¡lo que les espera a esa pobres mujeres y sus hijos! […] ¿Adaptación? ¿Cuál? ¿A la muerte? […] Habría que preguntarles a los homosexuales del mundo que son perseguidos, como los de Irán, por ejemplo, qué es para ellos “adaptación” […]
La adaptación podría describirse como una voluntad de adoptar las mismas conductas y actitudes que se ven en los demás. Para experimentar el sentimiento de “pertenecer” a un grupo particular, un individuo puede desear adoptar los valores y conductas del grupo. También hay que destacar que algunas veces adaptarse no es solamente “lo correcto”, debido a que parece que a muchos seres humanos no les gusta destacar en una multitud o parecer diferente de los que les rodean, sino también “necesario”, como en el caso de la adaptación a los códigos de circulación. No obstante, recordemos que ni en las llamadas “sociedades democráticas” funcionan perfectamente las reglas de la mayoría (Ellis y MacClintock, 1993:50-52). En la adaptación de los hombres a unos u otros medios hay que tomar en cuenta lo social, pero también lo biológico y lo psíquico: “Lo social, lo biológico y lo síquico en el hombre no está dividido estructuralmente; ello constituye un todo indestructible. El hombre es un ser tridimensional; él es el único sistema dinámico de estructura biológica, síquica y social” (Boris Danilóvich Ovchínnikov [1988]. Problemas teóricos de la criminología. Traducción del ruso de Fernando Antonio Ruano Faxas. Cuba, Ministerio de Educación Superior, 4-5, http://catalog.loc.gov/cgi-bin/Pwebrecon.cgi?DB=local&BBID=622867&v3=1 ) […]
¿Y qué pasa cuando tenemos que adaptarnos a contextos desconocidos? A veces demostramos “adaptación” sin identificarnos realmente con las actitudes que expresamos. En este caso, la adaptación proviene del miedo a un castigo o de la esperanza de una recompensa sin ir acompañada de un deseo de aceptación de los valores y actitudes que subyacen a tal conducta. Esto se llama sumisión. En su nivel más simple, la sumisión se produce cuando tenemos que obedecer a alguien que tiene autoridad sobre nosotros incluso aunque no estemos de acuerdo con las reglas. La sumisión se da también si consideramos que la otra persona es una autoridad de confianza (Ellis y MacClintock, 1993: 52-53) […]
¿Y la relación apariencia-miedo? Recordemos lo que al respecto dice Octavio Paz (2000):
[…] El mexicano tiene tanto horror a las apariencias, como amor le profesan sus demagogos y dirigentes. Por eso se disimula su propio existir hasta confundirse con los objetos que lo rodean. Y así, por miedo a las apariencias, se vuelve sólo Apariencia. Aparenta ser otra cosa e incluso prefiere la apariencia de la muerte o del no ser antes que abrir su intimidad y cambiar. La disimulación mimética, en fin, es una de tantas manifestaciones de nuestro hermetismo. Si el gesticulador acude al disfraz, los demás queremos pasar desapercibidos. En ambos casos ocultamos nuestro ser. Y a veces lo negamos. Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: “¿Quién anda por ahí?” Y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó: “No es nadie, señor, soy yo” […] La desconfianza, el disimulo, la reserva cortés que cierra el paso al extraño, la ironía, todas, en fin, las oscilaciones psíquicas con que al eludir la mirada ajena nos eludimos a nosotros mismos, son rasgos de gente dominada, que teme y que finge frente al señor. Es revelador que nuestra intimidad jamás aflore de manera natural, sin el acicate de la fiesta, el alcohol o la muerte. Esclavos, ciervos y razas sometidas se presentan siempre recubiertos por una máscara, sonriente o adusta. Y únicamente a solas, en los grandes momentos, se atreven a manifestarse tal como son. Todas sus relaciones están envenenadas por el miedo y por el recelo. Miedo al señor, recelo ante sus iguales. Cada uno observa al otro, porque cada compañero puede ser también un traidor. Para salir de sí mismo el ciervo necesita saltar barreras, embriagarse, olvidar su condición. Vivir a solas, sin testigos. Solamente en la soledad se atreve a ser […]
En cuanto a la relación del miedo, de los temores, con las esferas de la política y la gobernación, el tema es largo y complejo […]
La imagen corporal, la imagen física, se relaciona con el miedo. Todos tenemos miedo de dar una mala impresión, tenemos miedo de no gustar […] Con la obesidad se relacionan síndromes como la obesofobia o pocrescofobia, es decir el miedo a engordar y el temor a relacionarse con todo lo que tiene que ver con gordura, obesidad, tendencia a engordar, etc., y también el rechazo a los gordos, a los obesos. También la obesidad, la gordura, se relaciona con la cibofobia o ciborofobia o sitofobia, es decir el miedo a comer, el miedo a los alimentos […] También “Cri Cri”, es decir el célebre y encantador compositor mexicano, veracruzano, Francisco Gabilondo Soler (1907-1990), le ha cantado a los negros, al miedo creado por el racismo, a la dismorfobia, al deseo de ser blanco, a través de su linda –y triste a la vez– y muy conocida canción “Cucurumbé”: http://www.cri-cri.net/mp3/ca026.mp3 […]
Y ahora viene el tema del temor político, del miedo entre los políticos y gobernantes […] ¿Pero por qué nuestros políticos y gobernantes, en promedio, tienen una formación cultural tan mala, se expresan verbalmente y corporalmente tan mal y dicen tantas mentiras, incongruencias y sandeces? ¿Es esto herencia del pasado prehispánico o es debido al mestizaje con la cultura europea?
Esto es debido a la cultura mestiza, no al pasado prehispánico, y mucho menos al pasado azteca o maya. El hecho de que los discursos verbo-corporales del ámbito político-gubernamental-administrativo de nuestra América Latina, es decir, por un lado las palabras y las oraciones, y, por otro lado, los gestos y los protocolos, en promedio se caractericen por los desajustes comunicativos y culturales está dado por la mala formación educativa y formativa que se observa en nuestros países, lo que puede comprobarse a través de las investigaciones y las estadísticas internacionales acerca de la educación. En este sentido, hay que recordar que nuestros países siempre se ubican entre los últimos del mundo. ¿Acaso de una tal situación de atraso y tercermundismo pueden salir, con regularidad, personas culturalmente competitivas y buenos oradores, individuos formados en los protocolos adecuados de la comunicación verbo-corporal occidental y civilizada? ¡Claro que no! Y aquí no podemos culpar nada más a los centros educativos, a las escuelas, a los gobiernos –a las secretarías y ministerios de educación y de instrucción– y a la historia y a los historiadores (Rosas, 2006) por la “alteración” de datos, por la “interpretación diferente” de los hechos y acontecimientos, por las regulares, malas y pésimas políticas educativas, sino que también hay que culpar a la familia. La familia, en especial la familia nuclear: “tradicional, recta y supuestamente moralista”, también es culpable de la mayoría de las desajustadas variantes comunicativas verbo-corporales de sus miembros (Ruano, 2006b; Riding, 2002: 287-304; Weinberg, 1993: 432-445; Paz, 1943; Sefchovich, 2008); es culpable de la presencia en los niños, en los adolescentes, en los jóvenes y posteriormente en los adultos, de ciertos lenguajes verbo-corporales de “la no verdad” –¿de la mentira y de la verdad a medias?–, de ciertos enmascaramientos negativos y tóxicos en la interacción sociolingüística, en la interacción socio-discursiva (Ruano, 2003e):
Las mentiras.
A todos los niños les gusta inventar historias, imaginar lo que no existe. Los más pequeños no son aún capaces de distinguir lo real de lo imaginario. En vez de llamarles mentirosos, es más útil ayudarles a que hagan esta distinción. Respondiendo, por ejemplo, a un niño que dice haber tenido «un elefante vivo para reyes»: «<te gustaría haberlo tenido». En los niños más mayorcitos, a veces la mentira es provocada por los padres, que no admiten la verdad o que la reciben mal. Castigan al niño que confiesa no querer a su hermano, mientras que le premian, le abrazan y le felicitan cuando dice, falsamente, que le quiere (Bourdoiseau y otros, 1982: 530-531).
A veces sucede que el niño mentiroso es nada más y nada menos que, ¡oh sorpresa!, la copia exacta de un padre o de una madre mentiroso. Pero imaginemos en lo que se transformará un niño que es hijo de un papá y de una mamá, los dos, mentirosos. ¡Pobres niños! Y pobres parejas de esos futuros adultos mentirosos, y pobre familia de ese mentiroso adulto. ¡Toda una pesadilla!, aparte de la pena pública, del bochorno público, cada vez que esa madre mentirosa o ese padre mentiroso abre la boca y gesticula. Es triste ver –y esto sucede con bastante frecuencia– los apuros, las penas, los miedos, que afloran en niños con padres mentirosos. Obviamente, tenemos que imaginar que esos padres mentirosos fueron, con mucha probabilidad, a su vez, hijos de otros padres mentirosos. ¡La mentira se hereda, como mal congénito, como enfermedad infecciosa! ¡La mentira contamina, se pega, como la gripe, como el sarampión, como la viruela…! ¿Se imaginan si estos niños mentirosos ya adultos llegan a ser políticos, presidentes de un país, dirigentes sindicales, maestros, historiadores, abogados, periodistas o conductores de programas importantes y ampliamente difundidos, primeras damas, primeros caballeros, funcionarios y directivos de grandes empresas, papas, secretarios de la ONU, de la OEA, de la Comunidad Europea, agentes de tránsito, judiciales, médicos, farmaceutas, psicólogos, psiquiatras, vendedores de seguros médicos, administradores de condominios, encuestadores, santeros, asesores de imagen pública…? En tales casos, como ha mostrado y muestra la realidad, estamos perdidos. ¿Y cuál es el remedio contra la mentira? Muy sencillo: buenas dosis de sinceridad, de respeto, de civilidad, de urbanidad.
La pobreza y la carencia o desposeción de ciertos bienes, valores y atributos que se consideran como importantes según los contextos sociales y económicos, según las épocas y las modas, estimulan la aparición de la mentira. La mentira puede aparecer, y de hecho aparece, con mucha frecuencia entre pobres y ricos, entre desposeídos y poseedores, entre descastados –que no pertenecen a una casta o grupo– y castados –que pertenecen a una casta o grupo–, entre los menos… y los más…, entre subalternos y jefes, entre infieles y fieles, entre individuos sin signos de pertenencia e individuos con signos de pertenencia, entre incivilizados y civilizados, entre deshonestos y honestos, entre inmorales y morales, entre temerosos y seguros, entre cobardes y valientes, entre individuos con menores índices de desarrollo humano e individuos con mejores índices de desarrollo humano, entre tercermundistas y primermundistas…, es decir, ¡siempre que hay una gran diferencia, una gran desventaja!
Decíamos anteriormente que todos estos desajustes culturales y comunicativos que se observan en la mayoría de nuestros directivos del aparato político-gubernamental-administrativo latinoamericano –algo que llega a su máxima expresión negativa en las relaciones internacionales, en la política exterior, en la “diplomacia” (Riding, 2002: 404-430)– no se debían a la herencia prehispánica, y en este caso concreto en México, porque en el México antiguo, por ejemplo, la educación de los mandatarios, de los líderes, de los jefes, de las personas importantes de la sociedad, se producía con mucho cuidado y esmero, con eficiencia. Veamos lo que al respecto dice en el siglo XVIII el gran Francisco Javier Clavijero:
En una nación que poseía una lengua tan bella [el náhuatl], no podían faltar oradores y poetas. En efecto, se ejercitaban mucho en estas dos nobles artes […] Los que se destinaban para oradores eran instruidos desde niños en hablar bien, y les hacían aprender de memoria las más famosas arengas de sus mayores, que iban pasando de padres a hijos. Empleaban particularmente su elocuencia en las embajadas, en las deliberaciones de los consejos y en las arengas gratulatorias a los nuevos reyes […] sus razonamientos [de los arengadores] eran graves, sólidos y elegantes, como se ve en los fragmentos que nos han quedado de su elocuencia.
Aún hoy cuando están reducidos a tanta humillación y destituidos de la instrucción que en otro tiempo tenían en esta materia, hacen tan buenos razonamientos en sus juntas, que asombran a cuantos los oyen. El número de sus oradores era excedido del de sus poetas (op. cit., 241).
El trato respetuoso y la finura de modales resultan generalmente de convenciones sociales, pero en el México prehispánico tenían en gran parte un fondo moral. Sahagún cuenta que ningún hombre descortés, vanidoso o vulgar era elegido dignatario. Cuando un alto funcionario hablaba en forma impropia o hacía bromas tontas, se llamaba tecucuechtli (payaso). Las clases superiores se distinguían por cierta gravedad en sus gestos y en su lenguaje. El ideal de un hombre educado era mostrarse humilde en vez de arrogante; sabio, prudente, pacífico y tranquilo. Pero además tales características debían ser profundamente sinceras. El padre advertía al hijo que debía ser franco ante “nuestro dios (Tezcatlipoca); que tu humildad no sea fingida pues te llamaría titoloxochton (hipócrita) o titlanixquipile (fingidor); pues nuestro dios ve lo que hay en tu corazón y sabe todas las cosas secretas”. Si veía algo reprobable, el azteca bien educado debía pretender no haberlo notado y callarse. Cuando se le llamaba, no había de esperar a que ocurriera por segunda vez. Debía mostrar respeto ante los mayores y compasión ante los infortunados. En el trato con las mujeres también se ordenaba mostrar cortesía y moderación. La cortesía se manifestaba incluso en el carácter del idioma. El náhuatl tiene formas, partículas y hasta conjugaciones que indican respeto. El sufijo tzin agregado a un nombre o título subraya la reverencia o señala cariño. Timomati significa “tú crees”, pero timomatía podría traducirse “tú condesciendes a pensar” o “eres bondadoso en pensar”. Miqui significa “morir”; miquilla, “morir honorablemente” (Álvarez, 1987, t. IV: 1852).
¿Cómo podemos pensar que un adulto que miente, que un líder que miente, piensa con rigor? ¿Cómo podemos imaginar que un adulto que miente, que un líder que miente, es una persona que vive con dignidad, que es digno, es decir que merece respeto? ¿Un “líder”, un “mandatario”, un “jefe”, que miente “es” o “no es”? ¿Un líder “adulto”, un mandatario “adulto”, cuando miente cree que se acerca o que se aleja de “los demás” que han sido objeto de su mentira, de sus mentiras? Veamos esto fácilmente y saquemos conclusiones:
¿Qué significa pensar con rigor?
Para vivir con dignidad, necesitamos 1) saber qué significa lo que hacemos, 2) conocer el sentido de las palabras y las frases que pronunciamos, 3) vincular los conceptos y dar razón de nuestras actitudes:
[…] 3. Un niño va a la nevera [refrigerador], come a puñados la mermelada, y cuando su madre le pregunta poco después si la ha comido, contesta impávido: «¿Qué mermelada?». Obviamente, al actuar así, miente. Me gustaría dirigirme a él y preguntarle: ¿Sabrías decirme qué sentido tiene el mentir? ¿Es algo positivo o algo negativo? Si, al mentir, evitas que tu madre te riña o incluso te castigue, tal vez estimes que la mentira tiene un valor positivo. Piénsalo bien. A lo mejor descubres que es aventaja primera del mentir va seguida de graves desventajas. Medita conmigo la siguiente. Si le mientes a tu madre, no eres sincero con ella, no le dices la verdad, no te manifiestas a ella como has sido, sino como no has sido. En realidad has comido la mermelada, pero dices que no lo has hecho. Al portarte así con tu madre, ¿te unes a ella o te alejas? Sin duda quieres tener una unión con tu madre, ser amigo de ella, en el sentido de llevarte bien, portarte debidamente, ayudaros… Pues mira: si eres mentiroso, no vas a realizar ese deseo. Dime ahora: ¿te vale la pena mentir? Si tu madre te reprocha que lo hagas, ten por seguro que no es para tener el control sobre ti, y de paso sobre la nevera, sino para que te conduzcas de forma que te realices plenamente y seas feliz [y si eres un líder o un mandatario, un presidente, el pueblo, harto de tus mentiras, te sancione, te persiga, seas la burla o el escarnio de todos en los medios masivos de comunicación: tú, tu familia y “tus allegados”, te metan a la cárcel o te corten la cabeza, como sucede en algunos países]. Existe un nexo fecundo entre la actitud de veracidad y nuestro desarrollo como personas. Ver con toda claridad este tipo de nexos es pensar con rigor (López, 1999: XXIII-XXIV).
Los discursos político-gubernamental-administrativos de América no solamente están afectados por los desajustes culturales y comunicativos, por el analfabetismo funcional, analfabetismo de segundo grado o analfabetismo superior (Ruano, 2008), por los lenguajes oscuros, ambiguos –en las dos variantes de la ambigüedad (López, 1999)–, diglósicos, jitanjafóricos, jerguísticos y distantes de nuestras verdaderas realidades americanas (Ruano, 2008). Al parecer, también están afectados por la imbecilidad y la estupidez (Río, 2000):
Etimológicamente, la palabra imbécil quiere decir sin báculo, sin realeza, sin sostén. De ahí que connotativamente se asocie con debilidad mental. Un imbécil sería entonces alguien que ha perdido su realeza humana, el sostén que lo hace hombre. En el orden político, sería quien perdió el báculo, su condición de autoridad, su inteligencia para gobernar.
Si algo caracteriza a nuestra clase política es esa calidad mental […]
El legalismo, esa abstracción con la que la imbecilidad política pretende saberlo todo y arreglarlo todo, termina siempre por matar todo. Llega un día, y no estamos lejos de él, en que ese legalismo ya no tiene más regla para gobernar y defender sus abstracciones que la represión generalizada.
Nuestra clase política ha perdido el báculo y camina ciega defendiendo la abstracción del estado de derecho con claudicaciones políticas, amenazas, toletes, tanquetas de agua, vuelos de aviones e intimidaciones. Cree que esa fuerza le da la razón sobre poblaciones concretas y desarmadas que exigen justicia. Lo que olvida es que esa razón es la que esgrimen todos los culpables hasta el momento en que tienen que confesar. Mientras eso no sucede, su imbecilidad continuará teniendo razón y gobernando, pero lo hará sobre el dolor, la miseria, los muertos, los encarcelados y el repudio de los que dice gobernar […] (Sicilia, 2006).
De tener una pizca de veracidad lo planteado por este investigador, entonces estamos en otro gran problema, porque la imbecilidad, junto a la drogadicción y al alcoholismo consuetudinarios, a la locura, a la sordomudez, a la idiotez y al analfabetismo –es decir no saber leer ni escribir–, son limitantes, impedimentos, para tener capacidad legal, es decir son limitantes para adquirir derechos y contraer obligaciones. Como acabamos de ver, una persona imbécil es, en términos legales, jurídicos y sociológicos, un incapacitado, o lo que es lo mismo un individuo que está en situación de incapacidad o de interdicción, de privación de derechos. No obstante, recordamos aquí la suerte que tienen algunos imbéciles, en especial en los países atrasados y tercermundistas (Pino, 2006).
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FELIPE CALDERÓN Y VICENTE FOX
¿Y CÓMO SON LAS RELACIONES ENTRELOS PRESIDENTES DE MÉXICO
MIEMBROS DEL PARTIDO ACCIÓN NACIONAL O PAN?
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[258] Para considerar muchos de los trastornos sexuales propios de la madurez y sus posibles soluciones, véase, por ejemplo: D. Johnson y D. James (2001). Sexualidad y madurez. México, Géminis.
[259] Independientemente de las ya conocidas clasificaciones freudianas: Freud, op. cit.
[260] El lingüista brasileño R. F. Mansur Guérios cita unos 24 animales cuyos nombres han sufrido prohibiciones en diferentes idiomas: abarca desde las hormigas, abejas y gusanos hasta los osos, tigres, leones, mariposas y ardillas. Véase R. F. Mansur Guérios (1956). Tabus lingüísticos. Río de Janeiro. Apud. Ullmann, 1968: 108. Otro texto muy interesante es: James George Frazer (1996). Objetos y palabras tabú. México, FCE.
[261] Eugenio Coseriu (1990). Introducción a la lingüística. México, UNAM, 57-58.
[262] Flamen. Sacerdote encargado del culto de una divinidad determinada; había 3 flámines mayores: de Júpiter, Marte y Quirino, antigua divinidad romana, parece ser el Marte pacífico, y 12 flámines menores.
[263] Arca de la Alianza. Cofre de madera de acacia recubierto de oro, en el que se guardaban las tablas de la ley y que se transportaba con la ayuda de dos barras de madera, considerada el trono de Yahvé, que desapareció tras la destrucción de Jerusalén (587 a.C.).